domingo, 11 de enero de 2015

Las ventajas de ser hombre

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Hemos estado tan líquidos, mi querido amigo, que es la primera vez en tantos años que desnudas sin reserva tus pretensiones.

Me sorprende verte crecer, buscar, esperar, como alguna vez lo hice yo. Desconfiar y pensar que éste puede dejar de ser el terreno firme con más caminos para recorrer.

Ambos hemos perseguido la misma respuesta. Eso sí, quiero aclararte que muchas cosas pasan cuando lo que nos separa es una década de ansiedades y negaciones, una década de pensamientos entre hombre y mujer.

Soy de las últimas, por fortuna.  Entonces, he calmado forzosamente esas vagas ideas para revaluar los discursos que me impusieron a punta de malas experiencias. He alterado el estado normal de las cosas adelantándome para ganar una batalla absurda por el control definitivo de todo lo que no me pertenece.

En ti ha sido diferente, quizá más agobiante.  Yo no estuve expuesta a la virtualidad, a los ataques desobligantes que te cargan a la espalda, ni a las miles de teorías novedosas de salvación que has probado, desilusión tras desilusión.

El vínculo que nos une es el pálpito de la verdad, de la libertad, de la tranquilidad para mirar a los demás y saber que les cumplimos.  Las compensaciones de las hablamos en cada encuentro y que tu has contemplado como una protección superior a tus sentidos.

En realidad la tienes.  Eres hombre pero tienes un aire sensible, femenino, que yo le agradezco a la vida.  Eres un alma capaz de solidarizarse con el tiempo perfecto capaz de perdonar.

Entonces.  Para qué quieres saber qué hay al final de camino? si yo he avanzado casi 4 mil días y unas muchas horas de recorrido,  sin hallar la respuesta en el mundo real.

Agradece mejor, tener la ventaja de ser hombre.  Saber que inconscientemente no tienes más dosis de feminidad, pues de lo contrario, sufrirías por pensar menos en el abandono, cuando diste todo lo que otro no valoró.

Agradece no angustiarte por el tiempo siguiente, pues tienes un halo de tranquilidad hormonal que te hace más práctico.

Agradece no padecer el dolor de la mentira armada, solo por preferir los cuerpos de mujeres más cercanas al ideal de armonía estética que nos vendieron a todos.

Piensa en que es una ventaja estar preparado para no esperar nada, sencillamente nada, porque en tu mente masculina solo existe el hoy.

Me sorprende verte crecer, mi querido amigo. Saber que celebras mis vanidades y temores, que lees las ideas que construyo para no destruir más mi mundo, y que estás de acuerdo, muchas veces conmigo y el resto de mujeres.  Nos une la sensación de libertad, un estilo líquido y aterrizado…un hilo que entiende lo que estamos pensando de los demás.

Un aguijón en el pecho

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Por: Federico Acevedo Ramírez

Hace ya algunos años que tengo un aguijón clavado en el pecho. Me lo clavó una mujer.  Algunos me corrigen y dicen que es en la cabeza porque “todo está en la mente”.  Sea como sea, lo cierto es que me amarga la vida.

Cada cigarrillo que fumo es un intento por olvidarla. Miles no han sido suficientes, pero proporcionan tres minutos de arrolladora esperanza.

A veces despierto con el firme propósito de vivir como si no la hubiese conocido, pero a medida que cae el sol voy cayendo de nuevo en el pesimismo.

Hay días que son peores: amanezco oscuro desde que abro los ojos. Avanzo a marchas forzadas. Siento que camino como si me estuvieran halando hacia atrás. Así es muy difícil sonreír. Cada persona que te cruzas en la calle te lo exige. Hay que complacerlos. No siempre puedo.

Los primeros días de cada año me exijo a mí mismo cambiar la situación. Doy todo de mí. Voy con el impulso del nuevo año, los buenos deseos y la firme convicción de cumplir con todos los propósitos. Liberarme de ella será siempre mi propósito.

Hace años que no la veo, pero vive conmigo. Ya ni me acuerdo cómo era mi vida antes de conocerla. ¿Cuáles eran mis sueños? ¿Cómo vivía? ¿Cómo sentía? ¿Cómo pensaba? ¿Qué hacía ella mientras tanto? Siento la tonta necesidad de recrear su infancia, su adolescencia, su juventud, todos sus años antes de que se cruzara en mi camino. Hace poco conocí el colegio donde estudió. Mi imaginación voló. Prefiero imaginarla sola, se me revuelve el estómago cuando pienso que alguien más la toca.
Recuerdo con exactitud todas las fechas: el día en que la conocí, la primera pelea, cuando me dijo “te amo”, el día en que la vi por última vez…me aterra la idea de morir y no volverla a ver. Me paso el día haciendo grandes esfuerzos por recordar los momentos que pasamos juntos. El tiempo ha ido tergiversando la versión de los hechos en mi cabeza.  He ido olvidando sus facciones.

La recuerdo en conjunto, completamente bella, pero olvido los detalles. Es inevitable que los años no hagan estragos en mi memoria, siempre tan infiel. Siento odio, amor, frustración, rabia, rechazo, soledad, todo al mismo tiempo. Es un torbellino de emociones que arrasa con todo el amor propio.

Reconstruyo nuestra historia todos los días, como si la tuviera que recitar. Probé otros cuerpos, ninguno sabe igual. Ya no lo hago más. Es inútil. De cada intento por enamorarme no he obtenido más que soledad.

A veces siento rabia con Dios. A veces siento que Dios es una creencia irracional. Tal vez todo lo que he sentido responda a creencias irracionales. Seguro así es, pero hace daño.

El aguijón inocula su veneno todos los días, sin falta. Unos más que otros, siempre cumple.  Su ponzoña anula la razón, suprime la cordura y me atemoriza con el peor de los finales: la enajenación permanente.


Sin palabras, sin cobardía



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Por Jessica Cruz

Debo prometerme a mí misma que ya no voy a pensarte en la cocina, porque si hay algo peor que la filosofía en el bus, es la filosofía del fogón.  Por lo menos en el bus no se me queman los plátanos.
Haré una lista de lugares para no pensarte porque es evidente que si te imagino por momentos correré un grave riesgo.

Debes saber que nada es parecido al peligro que estoy corriendo al intentar escribir pensando en ti. Vivo cada vez más de excusas que de motivos, y me parece peligroso, bastante peligroso, desnudarme al trascurrir de las letras.  Decirte de manera directa lo que debes descubrir al trascurrir de los besos.

Está perdiendo sentido escribirte.  Pierde cualquier sentido porque vivo en una constante interacción con querer nombrar tantas cosas y no poder hacerlo. Se me olvidan las definiciones y las palabras. Ya no es sencillo descubrir lo que siento, jamás lo he sentido.

Se me escapa la elocuencia y si sigo así olvidaré escribirte. Esto es cada vez más fuerte; tan fuerte que arruina toda sintaxis, toda métrica, toda capacidad de comunicación. Tengo tanto miedo que finalmente tendré que regalarte tarjetas impresas de miscelánea o mensajes prefabricados que puede enviarte cualquier persona que no siente ni la mitad de lo que siento por ti.

Estoy corriendo un grave peligro al escribir esto porque siempre ha sido más fácil escribir de la tristeza que de la alegría y como a casi todos los seres humanos, me resulta una emoción desconocida, casi alienígena ¿Será por eso que no puedo escribir nada?

Soy feliz y estoy plenamente convencida de que las palabras se están ahogando con la cobardía. Si me enamoras es por la historia que provocas. Una que puedo apenas mencionar, una que se inició cuando podía atreverme a tener miedo.

Pasa el tiempo, los años, los centenares de personas que conocemos, las historias que vivimos y que finalmente nos llevan a este lugar. Este es el ahora y con el peso de la madurez inconclusa, de la vida en obra negra,  no siento la presión del tiempo, sino del significado.

Todo se vuelve más complejo pero tú estás a mi lado y puedo entenderte, puedo poco a poco descubrir quién eres; ya no tengo adjetivos para describirte porque estás más allá de cada palabra que conozco. Cada instante contigo carga tras de sí un conjunto de simbolismos, de pensamientos y recuerdos en los que sólo puedo sonreír, no escribir.

Tal vez cometa un grandísimo error al escribirlo, pues se me hace más difícil creer en los momentos perfectos. Así que escojo un momento al azar y será éste, ocupado y distante como siempre, inoportuno.


Leerás este mensaje quizás cuando estés en el autobús, en tu casa planeando la vida, durmiendo o simplemente existiendo y yo no estaré presente.  No es momento para ser cobarde. Ojalá entiendas lo que quiero decirte porque estoy perdiendo el habla. Me encantas y no puedo mencionarlo. Me encantas como la luz a las mariposas.

domingo, 4 de enero de 2015

Brindis para tres

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Estoy segura de que tus ojos frente a mí, vendrían a decirme que necesariamente tuvimos que conocernos para aprender a sobrevivir.

Retomar la historia y replicarla a quienes osadamente nos hablaban, en aquella época, del futuro.

Lo hicimos una vez.  Nos ocupamos insospechadamente de los caprichos y volteamos la página en silencio, como entendiendo que el destino teje su telaraña sobre nuestros egoísmos.

Dejamos de lado la ruta alterna, porque era más fuerte la realidad que nos esperaba.

No sabíamos que tenía que ver con la felicidad.  La que hoy tú resuelves en compañía. La que yo armo a punta de expectativas, de regaños, de condenas, y también de esperanzas y olvidos momentáneos del silencio y la felicidad.

Estoy segura de que tus ojos, y los de Adriana, junto a los míos, podrían girar y gritar en torno a una alegre conversación sobre la vida.

Sobre las veces en las que preferimos ser racionales antes que sensibles; en las que herimos sin tener intenciones aparentes; en las que aprendimos cuando llegaron los mensajes que desciframos, minutos después, en la tragedia de la soledad.

Podríamos los tres, sin miedo alguno, hablar con la libertad del afecto de quien se reconoce sincero y respetuoso, libre de las pequeñas sensaciones que alguna vez ocuparon su agenda.

Y entendería yo, como he venido profesando, que la vida vale la pena con mujeres valientes, capaces de llorar por sus sueños; defensoras de segundas oportunidades y extremadamente hábiles para enamorar con el perdón.

Estaría perfectamente cómoda con una mujer amiga que lleva mi mismo nombre.

La mujer que pudo salvarte de los rigores del abandono; inteligente y con la dulce paciencia para esperar tus dudas y valorar el corazón de quien acepta nuevas oportunidades.


Habría una mesa para tres. Y el brindis sería por una pareja admirable, que nos invita a defender el deseo de cuidar a los nuestros.  Los nuestros…los verdaderamente importantes.

Regalo anticipado de primavera

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¿Acaso yo sabía que los temores podían hacerse realidad y separarme de ti?

Sollocé varias veces y me culpé por exagerar mi racionalidad. Repetí que era mi culpa. Me dejé ganar por tontas imaginaciones y volví a condenar mi forma de sentir.

Yo, que creía que te molestaba mi libertad, supe que precisamente era lo que más esperabas de mí.  Que la mantuviera, incluso para decirte que no cabían entre nosotros algunas restricciones.

Los aires de los primeros días te traen como un regalo de primavera anticipada.  Y yo, que tantas noches imaginé tu odio y lo intercambié por mis imperfecciones, cuando en realidad debí suponer que sabes quién soy, tengo ahora la certeza de que conoces cómo te espero, así pasen los días y aumenten las obligaciones.

Sé que puedo narrarte la nostalgia, hablarte desparpajadamente de los cambios, ceder a tus peticiones de virtualidad y sentirte aquí, a la vuelta de mi realidad.

En tu ausencia, me lo dije una y otra vez, y ahora que apareces de nuevo te anuncio verdades que conocemos los dos, de esas que a ti no te da miedo escuchar.

Tú.  Que sabes sonreír, vivir tu hoy, ir tras los momentos que deben coleccionarse.

Que vibras si me escuchas y celebras mi incompatibilidad con el mundo. Tú que ya te robaste mis incertidumbres hace tanto tiempo, y empacas mis certezas en el día a día, porque no tienes miedo de abordarme.

¿Acaso los dos sabemos que pueden separarnos?


Pueden cambiarnos las horas, pero no el pasado y los vínculos que nos unen. Los dos sabemos que en esa bolsa de acontecimientos, la memoria retiene todos nuestros placeres, y que entre nosotros, el olvido jamás será un sitio para visitar.

Una pregunta plena


plenitud

Por: Laura María Rincón Arteaga

Fuera de su salón de clases y sin decir ninguna palabra, un amigo me hizo ayer la pregunta. Lo observé sintiéndome pequeña, tonta, ingenua. No sabía qué decir o pensar.  Entendía la pregunta pero no la respuesta.

Ayer me ocupé de otras cosas, no me detuve a pensar, no quería hacerlo.  Pero ahora no puedo escapar.  La pregunta se me ha presentado de tantas maneras en la mañana que ya no soy capaz de ignorarla, y aun no sé qué responder a eso.

¿Qué es sentirse plena? ¿Alguien lo ha sido alguna vez? ¿Cómo lo ha logrado? Personalmente, pocas veces en mi vida.  Es una hermosa sensación que no supe cómo logré.  Simplemente ocurrió.  Era feliz con todo, era una con el universo.

¿Es algún estado de perfección inalcanzable? ¿o es algo tan humano como el mismo hecho de respirar? ¿Qué es? La misma palabra suena a maravillas, quién no quisiera ser ejemplo de su significado. Realmente, ¿soy plena?, la respuesta sería no, pero podría serlo, si me lo propusiera.

Aunque también parece difícil, debió preguntarme algo así como ¿cómo llegar a ser pleno? Bueno, nadie es igual a nadie, aunque todos tengamos iguales derechos.  Cada persona es diferente, tiene su propia filosofía, su ideología, su modo de ver las cosas, de sentir.

Ser pleno es algo personal.  Consiste en ser quien eres realmente, en obtener lo que verdaderamente deseas, en sentirte bien con quien eres. Supongo que eso es la plenitud: estar como de verdad deseas estar en cada aspecto de tu vida.

Imagino que debería encontrarme conmigo misma, entender mi corazón y mi cerebro, conocer mis reglas y aplicarlas completamente en mi vida. Mejor aún, vivir sin ellas.

Reconocer cuánto me gusta lo que hago y en qué medida estoy comprometida con ello; recordar las causas por las cuales lo inicié. Incluso, hacer unas visitas de vez en cuando, porque el tiempo no regresa y no sabes si mañana algunas personas seguirán allí, donde están ahora.

Tomar con seriedad muchas cosas, organizar mis prioridades, satisfacer los deseos, necesidades y responsabilidades, como alineando jerárquicamente la pirámide de Maslow.

La plenitud no solo es un estado, es una forma de vida, es una forma de realizarse. Plenitud es sentir que todo marcha bien, tomar los problemas y no angustiarse porque identificas las soluciones alternativas; conocerte y amarte sin ningún prejuicio.


Es algo que todos queremos, pero poco tenemos. Tal vez, un posible camino a la paz.

viernes, 2 de enero de 2015

Recuerdos para los días de tristeza

playa

Mis pensamientos son como paredes que se desmoronan.

De pronto pienso una cosa y luego es otra.  Recuerdo el día en que una persona muy sabia me dijo: desea poco y sufrirás menos.

Yo le debatí esa frase. Pensaba que la vida sin ilusiones, sin deseos no era nada. Pero estaba equivocaba; ahora entiendo la magnitud de esa frase.

Recuerdo nuestra siguiente conversación. Él era un viejito.  No recuerdo su nombre, pero sí, que era especial para mí.  Lo veía casi todo los días en la playa donde alguna vez fui a descansar y a enterrar mis lágrimas, cuando volví a mi mundo sin ti.

Solía andar por la orilla del mar con mi perrita Cándida, y cuando me cansaba me fijaba que había formado una hilera con nuestros pasos. Me sentaba y observaba cómo las olas venían y se alejaban, llevándose consigo las huellas de la orilla.

Era una manera rara de extrañarte y desahogarme.  Rara, pero real.  Cuando me aburría de estar sentada, me acercaba hacia un bote en busca del hombre solitario y sabio. Lo encontraba sentado en la cuesta que llegaba a la playa, mirando su barca, diciendo que lo había perdido todo en la vida, que ya sólo le quedaba su barquita, y que siempre la estaba mirando porque tenía miedo de que también se le fuera.

Era preciosa. La había hecho cuando llegó a este lugar, cansado de su vida en su tierra.

Recuerdo la conversación del último día. Hablamos de las maldiciones.  Le dije que no creía en ellas, por el contrario, creía en la envidia que podía ser igual o peor que las maldiciones.

Es verdad, las maldiciones no existen, me contestó. No existen, son supersticiones, y una superstición es un temor innecesario. Las únicas maldiciones en la vida son las preocupaciones de las que no conseguimos librarnos.

Cuánto me hizo pensar.  No tuve demasiadas palabras para decirle algo adicional; sólo un ojalá nunca olvide lo que me acaba de decir; ojalá un día pueda ayudar a alguien con las mismas palabras con las que me ayuda siempre.

Esa fue la última vez que lo vi. Nunca más he encontrado un sitio como aquel.

Me estoy haciendo mayor. Lo noto en mis pasos, en mi cara, en mi memoria, en mis recuerdos, y sí, me gusta, la vida ahora.  No es tan confusa, en todo caso soy yo.


Me paro, cuento hasta diez, me calmo y reflexiono, aunque he de admitir que a veces mi mente y mi cuerpo se desploman.