jueves, 4 de diciembre de 2014

Pigmalión



Carolina Rodríguez Mayo


Muchas veces las manos a su obra allega, tanteando ellas si sea
cuerpo o aquello marfil, y todavía que marfil es no confiesa. 
Ovidio 

Aquel hombre no parecía real. Estaba tan quieto, y eran tan perfecto que más parecía una estatua. No podía dejar de mirarlo. Quería ver su pecho moverse al compás de una respiración tranquila, comprobar que parpadeaba, saber su nombre, su edad, lo quería mío. Estaba tan quieto, y era tan hermoso que me hacía sentir dolor y fatiga.

Sentado, ahí, en medio del parque, cabizbajo; ese hombre parecía ser de mármol. De repente, dejó de observar sus propios pies y subió lentamente la mirada. No podía ver el color de sus ojos, mi posición no me dejaba más que recrear un perfil perfecto.

Pero, si bien su mirada se escapaba de mi riguroso estudio, algo me decía que aquél hombre estaba triste. ¿Es acaso posible que las estatuas sientan dolor?

Hermosa estatua. Firme y poderoso. Ese misterioso hombre de traje azul oscuro, camisa blanca sin corbata, zapatos negros lustrosos, ese hombre no podía ser real. ¿Respira? Me preguntaba preocupada. Tal vez no sea una estatua, tal vez sea una visión mía.

De repente, pasó lo imposible. Giró un poco su cabeza y me vio.

En medio del parque, cabeza alta, mirada fija en él, creo que también yo parecía una estatua, pero no de mármol ¡Una mujer como yo no puede compararse con Afrodita! Una estatua de esas acartonadas, de esas estatuas grises sin gracia que representan políticos que ya nadie recuerda. ¡Qué cuadro pintoresco! Dos estatuas que se miran y no se entienden.

El hombre-estatua se levantó, caminó y salió del parque. Por un instante me miró y me dedicó media sonrisa. -¡Vaya!- pensé ¡Las estatuas caminan!

martes, 2 de diciembre de 2014

Realidad encantada


hadas

A pesar de que creo ser una princesa, siempre he sido una mujer sensata y pocas veces suelo pensar que el príncipe azul de los cuentos de hadas sea un humano de carne y hueso.

Solo uno se acercó a lo que como mujer joven y luchadora pude desear.  Alto, piel blanca, ojos grandes y de color marrón, piel suave y fina como el algodón, carácter fuerte y realista, mente aventurera. Su gusto por la música y su incomparable olor, su caballerosidad y su paciencia lo hacían soñado. Su defecto: la nicotina.

Tuve a mi disposición lo que siempre añoré.  Con él quería arreglar el jardín, conocer nuevos paisajes, decorar el castillo, dormir sin límites y ver películas toda una tarde, bajo el disfraz de una pijama. Solo una mujer fuera de sus cabales podría despreciar algo así. Quizá iba ser la envidia de muchas y solo yo la afortunada de encontrar el príncipe.

El desenlace de la historia no fue como en los cuentos de hadas.  Nunca me casé con el príncipe. Lo dejé libre y tuve que verlo cabalgar en su jinete blanco hacia otros cuentos, donde princesas de vestidos rosados y moños en sus largos cabellos se permitirían disfrutar de su magia.

Mi final fue diferente.  Escogí un hombre de carácter fuerte, trabajador, piel trigueña y ojos aguileños; no tan aventurero, ni tan paciente, más orgulloso y menos romántico. Su defecto: no ser príncipe.

Pero como en la vida real tampoco soy princesa, me conquistó diciéndome cada día que era su reina. Finalmente entendí que el amor no se encuentra en las páginas de un cuento sino en una tarde gris, fría y con olor a lluvia evaporada.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Mi última pregunta al amor


la maga2

Cata-Luna

Primera cuestión.  Me preguntas si eso lo escribí yo.  No, no lo escribí yo, pero parece hecho para ti.

Segunda cuestión.  Es cierto que escribo?.  A veces me permito locas ideas que cruzan mi cabeza.  Tomarme en serio la vida, acomodarme a esa barca que se llama escritura.  Salir a pasear por mis ríos sin orillas esperando que de una u otra manera, quizás, por fin, encuentren el puerto de los ojos que soñaron desnudarlos.

Tercera cuestión.  Escribo bien? Quién lo sabe? Quién puede decir sí?.  En el reparto de las simples musas mortales, ni Pizarnick, ni Benedetti, ni Cortázar y menos Yourcenar o Neruda (te he dicho que mi favorito es Benedetti?. Creo que toca el dolor y la belleza con la misma realidad y aun así sonríes.  O que Yourcenar toma cien hojas y las convierte en una parte de la historia, tal vez más real que la real?  Y qué me dices de Pizarnick que sabe descuartizar un momento para volver a crearlo como una obra de arte? No? No te lo había dicho, claro.  Tantas cosas que no tienes por qué saber…) Una simple mortal a la que la inspiración le llega cuando en una noche loca el mundo se duerme y solo quedan dos en la burbuja del aquí y el ahora.

Hablando en franco castellano, solo escribo cuando algo o alguien traspasa mi coraza cotidiana.  Sin abandonar la tercera cuestión, entonces te diría que sí, q escribo y que puedo escribir bien solo cuando la inspiración es real.

Hay una cuarta pregunta?. Claro que sí.  Hay una cuarta pero no por ello menos importante: te he escrito?

Al llegar a este punto del camino, me encuentro, y cómo sigo?.  Qué escribo que no sea una locura? Acaso no tengo ya una realidad acomodada? Acaso no están dispuestas las cartas en la mesa? Qué culpa tengo de cuestionarme y embriagarme por el deseo de tocar a alguien encantador pero de mentiras, como las chicas de la televisión.  Abrumador por la forma de hablar sin palabras, con esa chispa de brillo que le baila en las pupilas, con esa cuidadosa habilidad casi estudiada pero inocente de inspirar ternura, a pesar de la sensatez con la que puedo mirarlo.

Se me va la cabeza, el alma y el cuerpo en pensar y repensar qué pasó.  Cuándo se me olvidó el mundo por tu presencia y me convirtió en una especie de loca e inmadura colegiala inconsciente.
Igual fue bello.  Permitirme desaparecer en  instantes, sin desligar los recuerdos de un par de ojos inquisidores que me llevan a la misma cuestión a destiempo.  No lo sabías? No?…claro… tantas cosas que no tienes por qué saber…

Que mis sentidos se embotan con el recuerdo de un algodón de azúcar, que sumergirme en rayuela me ayudaría a descuadernar mi propio orden.  Que La Maga y Oliveira no sean como son, que el club de la serpiente no se muerda la cola o que el jazz no suene a tristeza.  Eso ya lo tenías presente.  Mi primera piedra cayó en el purgatorio y rayuela se fue a la mier…a.

Estoy por creer que no hay respuestas. Solo es una puerta de otra vida que de repente se abre.  Una realidad alterna que me quiso mostrar que hay seres eternos, evocaciones imperecederas que están sin estar pero viven tras el aroma de una misma piel.  Un tiempo entre espacio y realidad que me lleva a temblar  por dentro por este afán a destiempo, por esta felicidad inconclusa que en cualquier descuido de mi cordura hace bailar una sonrisa entre el alma y la mejilla.

Hay alguna última cuestión? Solo decir que nunca los diálogos a besos pudieron ser mejor, que nunca me había infartado en un segundo, que liberaste carcajadas de un torreón y que vivir que se acabaran los cigarrillos nunca pudo ser más encantador.

Que no tener futuro puede ser más inspirador que la certeza de algún

 Infarto

Tu pie de repente
junto al mío
y mi corazón
sorprendido

 El adiós se vistió de lentejuelas. Nos espera en algún próximo día por venir, en abrazo de alguna noche por pasar, en el adiós que no sabe que el olvido no va a la fiesta.

De los amores no correspondidos

anillo

Federico Acevedo Ramírez

Hace días recibo llamadas de una amiga muy cercana, que conocí en la adolescencia y que llamaré Aracely (por aquello de proteger su identidad). Sus comunicaciones se han incrementado y son más asiduas que de costumbre. La razón: está pasando por un drama sentimental. Conoció en su trabajo a un hombre que la tiene loca. Ni ella misma sabe por qué. Acepta que no es el hombre más lindo con el que ha soñado, ni la mejor persona, ni siquiera el más adinerado (algo que cuenta mucho, aunque no se acepte, ni se mencione), pero  que tiene un “algo” que la enloquece, aún más.

Aracely es muy tímida y no toma iniciativas durante el cortejo, ni llama la atención del hombre que le gusta (cuando ya los tiene es ella quien propone y da las órdenes). He pensado que es muy buena estrategia suya. Se muestra dócil, tierna, de poco mundo y cuando los atrapa en su red, saca sus malas mañas y se las da de tonta. En este caso, la estrategia parecía no funcionar. El caballero no se mostraba interesado y eso, obviamente, incrementó en un 100% el deseo de Aracely por tenerlo.

Cuando parecía que su interés no podía ascender más, se enteró de que vivía con otra en unión libre. No es tan mala mujer como para tratar de quitárselo, pero tampoco tan buena como para no haberlo pensado. Se resignó y se propuso olvidarlo. Pero ya se había metido y de cabezas en el terreno del amor no correspondido.  Ese amor que es más parecido a una obsesión y  que ha acabado con grandes como Truman Capote: no  temía a nada, excepto al amor no correspondido.

Cuando Aracely me llamaba lo abandonaba todo para  destinar por lo menos una hora a escucharla hablar de aquel amor. Fantaseaba con que un día llegaría él al trabajo con unas enormes ojeras (de tanto llorar) y con la noticia de que se había separado. Y, claro, ella estaría ahí para consolarlo y mal aconsejarlo. Varias veces imaginó ser su esposa y hasta pensó en cómo saldrían sus hijos, si más parecidos a él o a ella o, quizás, una perfecta mezcla de los dos. Hizo lo que hacemos todos (mentalmente) con la persona idealizada: pasear de la mano por un parque, tomar caipiriña en Bali, casarse en Cartagena y ser la envidia de todas sus amigas; arruncharse en una abullonada cama king size una tarde de domingo lluviosa, tener su propio y modesto nidito de amor (estrato seis, por supuesto), abrocharlo del brazo en los eventos sociales, reírse en secreto de las que aún besan sapos, y más.

El día de las enormes ojeras y de la noticia de la separación llegó. Aracely saltaba en una pata, por dentro, porque debía disimularlo. Se convirtió en su confidente, su paño de lágrimas y su apoyo incondicional. Aquel caballero terminó fijándose en ella. Yo estaba inmensamente feliz, en especial porque eso significaba el fin de las eternas y dramáticas llamadas. Pero, no. Aracely ahora llama a quejarse. No fue sino que el amor no correspondido empezara a corresponder para que ella encontrara “peros”. Yo que pensé que por fin sería feliz en una relación sentimental. Ahora resulta que el hecho de que él gane menos que ella es complicado, como si no hubiese sabido eso desde un inicio.

El problema de Aracely, que es el de todos, pero que parece mayor en las mujeres, es su inconformismo. Si el hombre es juicioso, entonces es un “dormido”; pero si, en cambio, es avispado, entonces es un “sin vergüenza” o un “coqueto”. Tal parece que es intrínseco en el ser humano anhelar algo con todo el corazón para después no saber qué hacer con eso cuando lo tenemos.  Si bien el inconformismo ha permitido (lo sigue haciendo) que avancemos, que luchemos por mejorar las condiciones actuales (qué sería del desarrollo de la ciencia sin el inconformismo), también es cierto que impide disfrutar de lo que se tiene en el momento presente. Entonces, condenados a vivir siempre en un tiempo futuro (¿quién nos garantiza que sea mejor?) y llenarnos de ansiedad.

Bueno.  Finalmente Aracely empezó a tomar conciencia y está decidida a conocerlo mejor y a vivir el tiempo presente.  Ella tiene muy claro que uno nace y muere solo (que si no funciona no pasa nada), aunque, y cita a Isabella Santo Domingo, “la vida se vive mejor acompañados, así sea de un bastón, de un perro o de un novio virtual en Chechenia”.

Nota aclaratoria: en la mayoría de los casos el amor no correspondido no nos corresponde nunca. Lo mejor, para que no se quede pegado ahí toda la vida, es que abandone la partida. Hay que entender que hay batallas que no se libran. A veces la rendición es la mejor estrategia, sobre todo si se quiere conservar algo de dignidad.

Pintarse los labios


la foto 1

A veces pienso en cómo serían sus posturas si fuera mujer. Eso de que la historia la construye una acumulación de futuros no resueltos que esperan estallar, suena lógico y a la vez, tan femenino, que no parece usted estar de lado de quienes ostentan el poder.

El poder para volvernos invisibles, para añadirnos en una etiqueta que no da fe de nuestra fuerza creativa, para ocultarnos en una historia que se ha construido desde abajo.

Cómo pueden hablarnos de una construcción colectiva, si la espera está rezagada, si a veces parece una utopía.  Nos cuestan lágrimas y discusiones privadas, pero también solidaridades y expectativas por el siguiente sueño.  Nos cuesta el trabajo decidido por un nuevo orden.

Claro que usted tiene otra visión de mundo, porque trata de ser objetivo, cuando en realidad la autonomía tiene que ver con las motivaciones internas: las que quedan luego de la soledad, las que se cobijan cada mañana al calor de la compañía de los pequeños a quienes protegemos.

Esa historia, ese patrón universal heredado, filosofado, creado por la ciencia, se revalúa con las implicaciones del ser mujer.

Porque no importan las fechas, ni los días clásicos, ni las conmemoraciones.  La vida de las mujeres viene con conciencia propia, nos permite encontrar certidumbres, dar pequeños pasos por modestos que sean, controlables y seguros, como usted bien lo teoriza.

La historia que escribimos es otra, porque simplifica la condición humana y la acerca al corazón.
No necesitamos límites ni acumulación de futuros.  Estamos para celebrar el derecho a ser libres, a derrumbarnos y luego recomponernos, a transitar de nuevo los caminos, a preocuparnos y despreocuparnos, a disfrutar solas y en compañía, a pedir ayuda, a admitir que fracasamos, a negociar, a amar, a volver a empezar.

A llorar y secarnos las lágrimas, a suspirar y a replantearnos, incluso si hay dolores, que podemos ver hacia el futuro y escribir nuestras propias historias, incluso cuando los demás vaticinen que no hay después.

La lucha de la mujer es por vivificar su historia de vida personal, por pintarse los labios de rojo, como muestra de la esperanza y en rechazo a la historia oculta.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Confesión

melancolía

María Fernanda Villamil Villamil

¿Cuánto tiempo más precisas de mí?

¿Cuánto tiempo más vas a tomarme?

Debes saber que aunque te abraces a mi cintura y aprietes tus labios en los míos no estaré, ni seré, ni amaré para ti. Porque en cuanto el sol aparezca y la noche silencie con ella los secretos y mis culpas, olvidaré cuan tormentoso eres en mi adentro. Tú sabes, el refugio del caos en mi pecho y lo indispensable del perdón en la piel.

Te crees inmune pero estás en mi respirar, frágil.  Subes y bajas en su ritmo, a mi ritmo, y te acaricio el pelo que entre mis dedos es un poco mío, y te crees inmune y te descifro, y te crees inmune y te pienso en tu fatal anhelada soledad.

Hacen falta aún algunos días para que me recuerdes cuán pasajera soy en tu vida, porque así mis alas siempre estarán abiertas y mis maletas listas, mientras te crees inmune. Mientras yo me levanto de tu cama y cruzo la puerta. Mientras decido que no hay muertos, más muertos que los que se olvidan.

-Te olvido, mientras te crees inmune. Y das la vuelta. Y ya no estoy-

Mientras, te pesará el cuerpo en recuerdos, en ausencia y entonces te habrás extinguido.

La montaña de miedos

matrimonio

La escena me persiguió toda la noche.  Y no por el reflejo de lo que ustedes tienen que resolver.

Más bien fue una mirada medio fugaz a mis límites.  En el día, van y vienen las insatisfacciones; ese afán de querer controlarlo todo, de ser la primera, de cazar; el capricho de que nadie me cuestione, y la inquietante manía de encontrar explicaciones reales a todos los sinsentidos.

A la final, creo que son valientes.  La verdad, los percibí tan distantes, justo ahora que tomaron la decisión que se acepta solo una vez en la vida bajo juramento, de ir y acompañarse hasta que la muerte la separe.

Me sorprendió imaginarlo a él, impávido, sin poder alguno sobre sus excesos y culpas.  Incapaz de responder a los odios femeninos,  a los fantasmas que le salen a flote, a la debilidad de tener que ser el mismo, viéndose a un espejo que no le reconoce la imagen.

Creí conocerlo, por lo que me contrarió verlo así como siempre, incapaz de responder con una firmeza tan grande como su tamaño.  A la final no me equivoqué. Detrás de semejante estatura solo hay un hombre temeroso.  Una mente brillante y luminosa, aún con trabas por resolver.

A ella, no la culpo.  La vi desbordada, como algún día todas hemos estado.  Menos lúcidas y más arbitrarias, queriendo ser las guardianas de los sueños de amor de quien poco nos merece, queriendo añadir bondades a un espíritu que no despierta; nombrando a la fuerza, la forma estrecha que no encaja.

Como buena recién casada, lo quiere a morir, aunque no sabe que se debilita en la agonía de encontrarlo, y que al final de esas furias poco puede encontrar, porque es una apariencia que tampoco le pertenece.

Tan joven y se ha salido de sus barreras morales, innecesariamente, gritando, huyendo, sacando las garras, cuando al final la idea del amor la obligará a darle el último adiós.

No quiere entender que sí, que también yo he sido incomprendida, obsoleta, dañina, caprichosa, víctima, monotemática, mentirosa, pero inofensiva.

Que sería más fácil respirar antes de dejar ganar la rabia de sentirnos solas.  Que la regulación debería llegarnos, así, tan natural como fluye esa adelantada habilidad para fantasear con el futuro.
La escena me persigue cada noche. El problema no son ellos, son mis excusas.  Mejor cierro los ojos y pongo luz a la montaña de miedos que duerme con las dos.